Acelerando procesos rotos… ahora con IA
Como muchas personas, he seguido de cerca la evolución de la Inteligencia Artificial. Pero en las últimas semanas hubo un término que empezó a repetirse con demasiada fuerza en newsletters, foros y conversaciones de negocio: Los Agentes de IA.
La propuesta de estos agentes suena futurista, llamativa, seductora: sistemas conectados, decisiones automáticas, agentes coordinando tareas, aprobaciones, compras, respuestas y ajustes. Casi como si por fin estuviéramos construyendo el sistema operativo para volver real a “Robotina”, ese personaje de Los Supersónicos que hacía los quehaceres sin que se lo pidieran. Muy elegante. Muy eficiente. Muy vendible…. Y muy riesgoso.
Porque cuando las decisiones empiezan a fluir entre sistemas con menos intervención humana, también puede empezar a diluirse la rendición de cuentas.
Durante años, muchas empresas soñaron con lo mismo: menos correos, menos validaciones, menos pasos administrativos y menos personas generando cuellos de botella. Ese sueño empezó a verse más cercano con lo que hoy se conoce como: “IA Agéntica”, porque ya no se trata solo de automatizar una tarea aislada. Ahora hablamos de agentes que coordinan sistemas, interpretan señales, disparan acciones y encadenan decisiones. Ahí está su potencia.
Peeeero cuando los agentes dejan de asistir y empiezan a orquestar, el problema deja de ser técnico y se vuelve organizacional. ¿Quién define los límites? ¿Quién audita las excepciones? ¿Quién responde cuando un mal criterio se replica a escala?
Esa preocupación ya no es teórica. Gartner advirtió que más del 40% de los proyectos de “Agentic AI” podrían cancelarse antes de finales de 2027 por costos crecientes, valor poco claro o controles de riesgo insuficientes.
Y ahí es donde el sueño dorado empieza a romperse: cuando intentamos poner agentes encima de procesos mal diseñados, reglas mal pensadas y responsabilidades que ya venían borrosas desde antes. Porque cuando automatizas decisiones sin aclarar límites, no solo aceleras procesos. También redibujas quién tiene poder, quién lo entiende y quién puede cuestionarlo.
Y como si eso no fuera suficiente, la conversación ya empezó a escalar a otro nivel. En su carta anual más reciente, Larry Fink advirtió que la IA puede acelerar una tendencia que ya venía de años atrás: la creación de valor cada vez más concentrada en quienes ya poseen los activos, la infraestructura y la posición para capturarla. No está hablando específicamente de IA agéntica, pero sí del mismo mecanismo de fondo: más capacidad, más velocidad y más escala no significan automáticamente más valor distribuido. A veces solo significan que unos pocos se vuelven todavía más poderosos.
Visto así, el riesgo no es solamente que un agente apruebe, compre, responda o escale algo sin suficiente criterio humano. El riesgo mayor es construir organizaciones donde la trazabilidad se vuelve opaca al mismo tiempo que el poder de decisión se concentra.
Y esa combinación suele venderse como eficiencia, cuando en realidad puede ser una receta bastante elegante para multiplicar errores, diluir responsabilidades y repartir de forma desigual los beneficios de la automatización.
Porque no todo lo que elimina fricción mejora una empresa. A veces solo borra al responsable.
La discusión de fondo no es si los agentes de IA van a llegar a las organizaciones. Van a llegar.
La discusión seria es otra: ¿qué decisiones pueden automatizarse sin destruir el criterio, la trazabilidad y la posibilidad de exigir cuentas cuando algo salga mal?
Una empresa no madura cuando logra que las decisiones ocurran más rápido. Madura cuando todavía puede explicar quién decidió, con qué criterio y bajo qué límites.
Porque si al final nadie puede responder eso, entonces no automatizaste mejor. Solo hiciste más sofisticada la forma de perder el control.
La próxima ventaja competitiva no será tener más agentes corriendo procesos. Sino saber en qué momento un humano todavía debe tener la última palabra.


















