Creo que pocos ubican al autor de la frase: “Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla.” Santayana fue uno de esos pensadores que, de haber sido contemporáneo, sería de los influencers más citados…pero también de los más incomprendidos. Elegante, crítico, medio poeta y medio escéptico; decía que la vida real se mueve por impulsos, hábitos y emociones, y que el intelecto llega después para justificarlo.
Y aunque su famosa frase (que este año cumple 120 años) hablaba de su propio tiempo, sigue describiendo perfectamente el nuestro.
Y lo podemos ver con el tema de los “negocios tecnológicos”. No hace mucho, Regiolandia estaba infestada de cibercafés. Eran parte del ecosistema urbano, se veían como vemos hoy los Oxxos. Y así como en el Oxxo siempre hay una caja cerrada, en los cibercafés de antaño siempre había una impresora fallando en el peor momento. Entre todos los “cibers”, hubo uno que sí se tomó en serio el oficio: i24.
i24 era la versión premium del ciber de barrio. Tenía mejor mobiliario, impresiones decentes, aire acondicionado que no olía a capacitor quemado… casi un coworking antes de que supiéramos qué era un coworking.
Y aunque era uno de los “más fresas”, había mercado para todos…. Hasta que llegó el golpe de realidad: el internet se metió a nuestras casas, los celulares se volvieron inteligentes, y los cibercafés empezaron a desaparecer como si alguien hubiera apagado el switch de toda una categoría… excepto i24.
i24 hizo algo que pocos negocios tiene el valor (o la humildad) de hacer: abandonó la identidad que lo hizo nacer; y lo hizo antes de que esa identidad lo matara.
Dejó de vender “computadoras por hora” y evolucionó a algo mucho más robusto: una cadena de servicios con más de 50 sucursales en Monterrey, horarios 24/7, servicios de impresión, copias, engargolados, escaneos y (la joya moderna) envíos a domicilio: les mandas el archivo por WhatsApp y te entregan el documento impreso donde estés.
El ciber ya no existe. La marca sí. Porque entendieron que el negocio nunca fue la computadora; el negocio era resolverle la vida al cliente. Y aquí es donde recordamos al buen Jorge Santayana.
En los últimos años han brotado empresas de desarrollo de software “a la medida” como si fueran tamales en diciembre. Y normalmente está bien que crezcan las opciones… pero en este caso hay un detalle incómodo: Muchas de estas empresas no venden soluciones; venden código. Y el código, hoy, ya no es una ventaja competitiva.
En los últimos dos años todas dicen que “ya integran IA”; pero seamos honestos la mayoría no desarrolla IA. Solo pegan su mismo sistema a un API de OpenAI y se sienten listos para dominar el mundo.
El problema no es la plataforma ó que se pueda conectar a un LLM. El problema es que creen que eso es innovación. Estamos ante una ola muy parecida a la de los cibercafés: un crecimiento explosivo, saturación, precios bajos, proyectos que se parecen entre sí y una dependencia total del número de horas facturables.
Y sí, lo digo con toda la intención: la mayoría de estas empresas va a desaparecer. No por malas… sino por reemplazables.
Si Jorge Santayana tuviera una cuenta de IG en nuestros días veríamos reels suyos mencionando que la mitad de las “software factories” del van a cerrar o reconvertirse de 3 a 5 años. Y las que sobrevivan se van a convertir en “maquilladoras digitales”.
Y seamos honestos, lo que antes era súper novedoso hoy es un “comodity”. Porque antes se necesitaban 10 desarrolladores para un software a la medida, hoy lo hace una persona con herramientas no-code y una IA decente. La barrera técnica se derrumbó… y como bien dijo el buen George: “la historia se repite”.
Tal vez no podamos evitar que la tecnología cambie el juego cada cinco años. Lo que sí podemos evitar es seguir jugando con el mismo librito de siempre.
Si aprendimos algo, fue que los cibercafés murieron cuando confundieron “tener computadoras” con “tener un modelo de negocio”. Hoy muchas empresas de software van por el mismo camino: confunden “conectar un API de IA” con “innovar”.
Los que van a seguir de pie serán los que sepan leer el contexto, entender a la gente, rediseñar procesos y luego, sí, meterle tecnología con sentido. Esa mezcla entre lo técnico y lo humano es justo el terreno de donde salió la inspiración para mi libro Habilidades Híbridas. No soy pesimista, al contrario: creo que el mundo no necesita gurús digitales de moda ni románticos de la nostalgia, sino profesionales que sepan adaptarse sin perder la cabeza.
La historia se está repitiendo. La única decisión real es si quieres verla desde la banqueta… o seguir siendo parte de ella en la siguiente versión de i24.


















