Mientras aquí discutimos desconexión digital, el mundo debate quién gobierna la inteligencia artificial.
Hace unos días empezaron a circular en redes sociales videos de ceremonias de graduación en Estados Unidos. No circularon por los discursos. Circularon por los abucheos. Personajes con muchísima relevancia —como el ex CEO de Google Eric Schmidt— hablando del impacto de la inteligencia artificial en profesiones, aulas, hospitales, laboratorios y relaciones humanas, mientras los estudiantes les respondían con exactamente lo que pensaban de ese mensaje. Para el 19 de mayo ya se hablaba de tendencia.
Y antes de ejercer nuestra ya fortalecida crítica a las nuevas generaciones, o de reducir esto a «resistencia al cambio», vale la pena plantearse otra lectura: tal vez los estudiantes no estaban abucheando a la inteligencia artificial. Quizá estaban abucheando la falta de lectura de sala. Porque hay algo profundamente absurdo en decirle a una generación endeudada, saturada de incertidumbre y con un mercado laboral cada vez más extraño, que la herramienta capaz de automatizar las tareas de entrada a su profesión debe recibirse con entusiasmo y sonrisa corporativa.
No están rechazando la tecnología. Están rechazando el discurso, porque esta retórica fue escrita con un problema de fondo, se prometió demasiado sin explicar el precio. Porque nos vendieron la idea de que la IA era una herramienta para aumentar la productividad. Y en muchos casos lo es. Puede resumir documentos, analizar datos, generar borradores, detectar patrones, apoyar diagnósticos, acelerar desarrollos, mejorar controles y encontrar relaciones que a simple vista se nos escapan.
Pero esta herramienta no llegó sola. Llegó con nuevos modelos de negocio, incentivos, permisos, dueños, intereses, sesgos, infraestructura, consumo energético, datos y alguien que decide hasta dónde se puede usar. Llegó con una nueva geografía del poder. Y esa parte del discurso casi nunca aparece en los discursos de graduación.
Esta generación aprendió a usar inteligencia artificial en la escuela. Y está descubriendo que dominar la herramienta no garantiza tener un lugar en el sistema que la herramienta está transformando. Eso no es resistencia al cambio. Eso es claridad.
Cuando una tecnología empieza a reorganizar quién tiene trabajo, quién accede a crédito, quién merece seguimiento y qué conocimiento vale, deja de ser una conversación técnica. Se convierte en una conversación sobre poder. Y las conversaciones sobre poder, tarde o temprano, llegan a todas partes… Incluso al Vaticano.
Seamos honestos, el papa León no se subió al tren de moda para no quedarse fuera de la conversación. Porque la encíclica que acaba de publicar no trata a la IA como una aplicación más. Sino que la compara con una imagen mucho más antigua: Babel.
Babel no es solamente una torre. Es un símbolo de la construcción del poder. Una sola lengua, una sola dirección, una sola tecnología, una sola ambición. Una obra aparentemente impresionante, sostenida por la pretensión de controlarlo todo y de reducir la diversidad a uniformidad.
La encíclica afirma algo que muchas empresas no logran captar: La tecnología no es neutral. No porque tenga sentimientos o conciencia escondida detrás de la pantalla. Sino porque toda herramienta técnica trae dentro decisiones humanas. Qué mide. Qué ignora. Qué optimiza. A quién clasifica. Qué considera éxito. Qué deja fuera. Qué consecuencias vuelve invisibles.
Dicho sin pelos en la lengua: detrás de cada «la IA recomendó» hay alguien que decidió cómo debía recomendar. Y detrás de cada «el sistema no lo permite» casi siempre hay una decisión humana que se escondió lo suficiente para parecer destino.
Babel, en versión 2026, no es una torre en el desierto. Es una empresa que decide los límites éticos de una tecnología global. Y vaya la coincidencia porque hace unas semanas, Anthropic “saltó a la fama” por una historia que algunos narraron casi como si Claude (su modelo de Inteligencia Artificial) hubiera tenido una iluminación moral y le hubiera negado al ejército estadounidense el uso de sus capacidades para armas autónomas. Suena bonito, pero no fue así…
Lo que ocurrió fue más terrenal y, por eso mismo, más interesante. Anthropic sostuvo restricciones de uso frente al Departamento de Defensa de Estados Unidos, particularmente en temas como vigilancia doméstica masiva y sistemas de armas completamente autónomos. No fue una máquina portándose bien. Fue una empresa tecnológica poniendo límites contractuales frente al poder militar.
Pero si la moral de una tecnología depende de las políticas de uso de una empresa privada, ¿estamos hablando de ética o de control de producto?Porque cuando la IA entra al campo militar, la ética deja de ser una diapositiva para sala de juntas. Se vuelve letal. Literalmente.
Y si la gobernanza de una tecnología con ese alcance descansa en los términos y condiciones de una empresa privada, la pregunta sobre quién controla la herramienta no es administrativa. Es política. Es estructural. Es exactamente lo que Babel simboliza: el poder concentrado en manos de quien construyó la torre.
La IA puede hablar de humanidad en público y pelear por control en privado. Eso no la vuelve mala. La vuelve humana en el peor sentido posible: atrapada entre propósito, capital, poder, vanidad y miedo a quedarse atrás. Y aunque el caso Anthropic-Pentágono suena lejano, la misma lógica opera, en otra escala, dentro de cualquier organización.
Cuando un sistema decide qué candidato avanza en un proceso de selección, qué cliente recibe crédito, qué trabajador merece seguimiento, qué proveedor queda fuera o qué riesgo se considera aceptable… alguien programó ese criterio. Alguien eligió qué datos usar. Alguien decidió qué quedaba fuera del modelo. Y en muchos casos, esa persona ya no está en la sala cuando el sistema toma la decisión.
Una cosa es usar IA para trabajar mejor. Otra muy distinta es usarla para no tener que dar la cara.
Y mientras el Vaticano compara la IA con Babel, Anthropic discute límites con el Pentágono, los estudiantes abuchean discursos de graduación y los fundadores de OpenAI se pelean por el control de una tecnología que supuestamente nació para beneficiar a la humanidad, en México seguimos discutiendo si el jefe puede mandar WhatsApp fuera del horario laboral. No estoy criticando que se aborde el tema de desconexión digital. Pero parece que ignoramos que la IA no tiene horarios.
Las empresas mexicanas tienen mucho más que revisar que sus políticas de comunicación fuera de horario. Tienen que preguntarse qué procesos están automatizando sin entenderlos. Qué datos están usando sin gobernanza. Qué decisiones están delegando sin trazabilidad. Qué personas están volviendo prescindibles sin haber desarrollado primero nuevas capacidades. Qué sistemas están comprando solo porque alguien dijo que la competencia ya lo está haciendo.
Los estudiantes que abuchearon en esas ceremonias no rechazaron el futuro. Rechazaron que alguien les vendiera incertidumbre empaquetada como oportunidad. Esa misma lectura de sala es la que les falta a muchas organizaciones. No para resistir la tecnología. Sino para gobernarla.


















