En 2025 parecería innecesario seguir hablando de desigualdad de género en espacios profesionales. Sin embargo, la realidad insiste en contradecir esa idea. Como empresaria con ocho años de trayectoria, me encuentro con frecuencia con situaciones que evidencian un rezago cultural profundo, uno que convive con discursos modernos, políticas de inclusión y campañas corporativas que aseguran que “todo ha cambiado”. La verdad es que no lo ha hecho. O no lo suficiente.
Durante las últimas semanas viví dos experiencias que, aunque diferentes, comparten un hilo conductor: la normalización de que las mujeres ocupamos un lugar secundario en entornos donde se supone que somos pares.
El networking donde las mujeres siguen siendo “las acompañantes”
Asistí a un evento de networking organizado por una asociación empresarial que busca que me afilie. Llevé a un cliente, pues también identificaba oportunidades para él. Durante la conversación con una de las ejecutivas de ventas, surgió el tema de un próximo torneo de golf, esa actividad clásica donde, históricamente, los negocios se mezclan con el deporte y donde la presencia femenina sigue siendo mínima.
Le pregunté, desde su experiencia, cómo las mujeres empresarias logran hacerse escuchar y ocupar el mismo espacio que los hombres en estos entornos. Su respuesta fue tan reveladora como desalentadora: entre risas, me dijo que ella carga una bocina para poner música a los jugadores, que así “le hacen caso”, y que además pide que le enseñen a jugar porque “no sabe mucho”.
Mi cliente, un hombre, me miró incrédulo. Yo estaba igual. No porque ella lo dijera con mala intención, sino porque personifica una realidad incómoda: muchas mujeres siguen creyendo que deben adaptarse a las expectativas masculinas para ser aceptadas. Aunque eso implique minimizarse.
En un contexto donde se nos pide empoderamiento, resulta impactante que una mujer joven, con formación, talento y ambición, sienta que la mejor estrategia para tener visibilidad sea reproducir el rol de la mujer “complaciente” dentro de un entorno profesional.
El evento donde tres mujeres solo podían ser… familia
Una semana después acompañé a un cliente a recibir un premio de innovación. Yo misma había diseñado y ejecutado la estrategia de nominación como parte de su plan de relaciones públicas. Asistimos él, su director comercial, dos mujeres integrantes de mi equipo y yo.
Mientras esperábamos para retirarnos, un asistente se acercó a felicitarlo. Observó a mi cliente, luego al hombre que lo acompañaba, y de inmediato preguntó si nosotras éramos su familia. Cuando mi cliente dijo que no, hizo la misma pregunta a su acompañante masculino.
Nunca contempló la posibilidad de que fuéramos parte del equipo responsable de la estrategia que llevó a ese reconocimiento.
Cuando me presenté y expliqué que representábamos a la empresa premiada, su sorpresa fue evidente. No por la información, sino por la simple idea de que tres mujeres pudiéramos estar ahí por razones profesionales. Para él, nuestra presencia solamente podía explicarse si éramos esposas, hermanas o hijas de algún hombre presente. Nunca como profesionales.
La escena duró segundos, pero exhibió algo profundo: en muchos espacios, la presencia femenina sigue interpretándose como acompañamiento, no como liderazgo.
Y mientras tanto, titulares que retroceden 50 años
Hace apenas unos días, el New York Times publicó un artículo que, tras varios cambios de enfoque, terminaba sugiriendo que “las mujeres están arruinando el lugar de trabajo”. Entre señalamientos al feminismo, liberal, radical, conservador, según el párrafo, la pieza dejaba claro algo: todavía existe resistencia a reconocer que la igualdad no es una amenaza, sino un principio básico de justicia y competitividad.
Ante esto vale la pena recordar lo esencial: el feminismo no es una corriente cambiante o difusa. El feminismo es igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres. Nada más. Nada menos.
Los datos y los discursos pueden avanzar, pero las prácticas cotidianas continúan arrastrando inercias de décadas. Mujeres que se comportan según las expectativas de los hombres para obtener un espacio. Hombres que asumen que nuestra presencia es meramente social. Entornos que siguen siendo diseñados por y para una mayoría masculina.
Mientras estas dinámicas persistan, el techo de cristal no desaparecerá. Y no se trata de confrontar, sino de nombrar. De visibilizar. De cuestionar.
Warren Buffett lo dijo con claridad hace años: pudo construir su fortuna porque “solo competía con la mitad del talento”, refiriéndose a que la otra mitad, las mujeres, nunca tuvo acceso real a competir en igualdad de condiciones.
No espero revoluciones inmediatas, pero sí una toma de conciencia consistente. El cambio surge cuando una mujer decide no minimizarse para encajar; cuando un hombre reconoce y da espacio profesional a las mujeres sin asumir roles previos; cuando cuestionamos prácticas normalizadas en eventos, reuniones, torneos o premiaciones.
La igualdad no es un tema de temporada ni un discurso para marzo. Es un ejercicio diario. Y mientras en eventos profesionales se siga asumiendo que las mujeres somos acompañantes, o mientras haya mujeres que crean que solo serán escuchadas si se hacen notar de maneras ajenas a su capacidad, tenemos un largo camino por recorrer.
El 2026 apenas comienza. La pregunta es si nosotros, mujeres y hombres, estamos dispuestos a construir el cambio que tanto exigimos.


















