Cómo el cuidado y la colaboración entre mujeres líderes pueden transformar el mundo empresarial
El costo invisible del liderazgo femenino.
Es un hecho, las mujeres líderes, somos orgullosamente guerreras, pero… ¿a qué costo?, nos abrimos paso entre obstáculos, aprendimos a competir, a defender lo nuestro, a presentar nuestras posturas de manera firme, a sacar fuerzas de flaqueza, y ha funcionado, la prueba es que aquí estamos. Pero muchas veces, detrás de ese liderazgo fuerte, hay un cansancio profundo, alimentado por la constante necesidad de estar en guardia. Un desgaste silencioso que, tarde o temprano, se traduce en burnout, si bien es cierto que la lucha nos trajo hasta aquí, también nos cansó. ¿Y si dejáramos de luchar? Porque siempre he dicho que a esta vida venimos a ser felices, no solo a sobrevivir. Estamos en este mundo para VIVIR en plenitud.
Y pensando en eso, me di a la tarea de investigar sobre la colaboración entre mujeres, y me encontré con esta joya:
Cooperar no es debilidad: es evolución
Lynn Margulis, una científica valiente y silenciosa, propuso algo que en su tiempo fue considerado una herejía científica: que la vida compleja no nació solo de la competencia, sino de la cooperación. Según su teoría, las mitocondrias y los cloroplastos —esas pequeñas estructuras que hoy producen energía en nuestras células— fueron alguna vez bacterias libres, hasta que una célula decidió no devorarlas, sino integrarlas, juntas, evolucionaron. Esa alianza ancestral cambió la historia de la vida. (Margulis, 1970).
Entre nosotras: competencia o confianza
Aliarnos siempre ha sido parte de nuestra naturaleza, lo paradójico es que hemos venido creyendo que, para brillar, debíamos competir, desconfiar, mirar con recelo a quien se nos parecía demasiado, y así, sin darnos cuenta, remamos contra nosotras mismas, tan sutil fue el mensaje, que lo creímos propio, tan eficaz, que nos distanció sin darnos cuenta.
Entonces, cuando una mujer se convierte en líder y se cruza con otra líder, algo surge, aparecen sentimientos o emociones negativas como los celos, la desconfianza, la envidia. ¿Será miedo a ceder el control? ¿Temor a no ser la única? ¿Una vieja herida no sanada que se manifiesta a través de la desconfianza? ¿Y si además del sistema también nos frena la distancia emocional que aún existe entre nosotras? ¿Qué pasaría si cuidarnos unas a otras, dejara de verse como una debilidad y empezara a entenderse como una ventaja estratégica?
Lo natural sería protegernos unas a otras, pero el reflejo automático es protegerse de la otra. Y eso duele. Cada muro que levantamos entre nosotras es un puente que dejamos de construir hacia algo más grande. Perdemos la oportunidad de evolucionar y aun mejor hacerlo juntas.
Lo curioso es que, como hijas, madres, amigas o hermanas, sí sabemos colaborar. Desde niñas hemos sido cuidadoras, confidentes, tejedoras de redes de afecto. Una mujer siempre ha ayudado a otra mujer: tu abuela, tu mama, tu comadre, tu vecina, tu maestra. Porque aliarnos siempre ha sido parte de nuestra escencia, en muchas historias de liderazgo femenino hay un hilo invisible pero constante: la presencia de otra mujer que acompañó, que impulsó y creyó primero. Lo he visto en otras. Lo he vivido también.
Hace tiempo, una empresaria del norte del país me compartió que, durante años, desconfió de cualquier mujer que se le acercara en un entorno de liderazgo. Asumía que venían con doble intención. «Las mujeres entre más alto están, más se cuidan de otras mujeres», me dijo. Pero hoy, se confesó: después de dejar de pelear, aprendió a colaborar… y eso transformó su vida y su empresa. Y es que esta intuición tiene respaldo.
Lo que Harvard confirma, lo estamos haciendo aquí
Un estudio publicado en Harvard Business Review, 2019 (2) reveló que las mujeres líderes que cuentan con redes sólidas, especialmente aquellas con un círculo cercano de otras mujeres, tienen 2.5 veces más probabilidades de alcanzar puestos ejecutivos bien remunerados que aquellas que no cuentan con ese tipo de red.
Otro estudio reciente del 2024, titulado How High‑Status Women Promote Repeated Collaboration Among Women in Male‑Dominated Contexts, (3), analizó más de 8 millones de colaboraciones en equipos de tecnología. Descubrió que, en entornos dominados por hombres, cuando una mujer ocupa el liderazgo más alto, otras mujeres colaboran más entre sí. Una líder así no solo rompe barreras: cambia el ambiente, genera confianza y abre espacio para la cooperación real.
También en México, organizaciones como el ILSB (4) lo han demostrado con programas como PROMUI, que han tejido redes sólidas entre mujeres indígenas. Su enfoque muestra que el liderazgo colectivo no solo es posible, sino profundamente transformador.
Afortunadamente, cada vez hay más ejemplos de lo que sucede cuando las mujeres líderes se reconocen como aliadas y no como rivales. Lo vemos cuando líderes de distintos sectores se unen para planear proyectos con visión comunitaria, o cuando celebramos de forma genuina los logros de una colega. Yo misma lo viví en Saltillo, al firmar la Alianza Mujeres (5), donde 13 mujeres líderes de diferentes organizaciones nos comprometimos a colaborar sin protagonismos, desde el “nosotras”. Estas alianzas no solo funcionan: inspiran. Y lo mejor es que están dejando de ser la excepción para convertirse, poco a poco, en la nueva regla.
Queda en evidencia entonces que la colaboración y la alianza es la clave para el crecimiento. Las líderes que priorizan la empatía, la cooperación y el bienestar generan culturas más sostenibles, humanas y productivas.
¿Y cómo se lidera desde el cuidado y la colaboración?
Porque cuidar no es consentir, es estar presente, es abrir espacios donde otras también crezcan, es construir una red donde no tengas que protegerte de las demás, sino proteger con las demás, es colaborar sin agenda oculta, es confiar en que, si a otra le va bien, eso también te fortalece, es cambiar el paradigma, no dejar de ser firmes, sino ser humanas, no dejar de liderar, sino liderar mejor. Aquí algunos tips:
- Escucha con interés genuino, no por cortesía
- Abre oportunidades sin miedo al brillo ajeno
- Nombra y reconoce a otras líderes en voz alta
- Pide ayuda sin vergüenza y ofrécela sin condiciones, entendiendo que la sororidad no debilita. Multiplica.
¿Y si empezamos por ahí?
Piensa en una mujer que alguna vez te ayudó, quizás te escuchó cuando nadie más lo hizo. Te dio una oportunidad, te recomendó, te sostuvo o simplemente creyó en ti, llámala o mándale un WhatsApp, hazle saber que lo recuerdas. Que lo valoras. Que su gesto dejó huella en ti.
Y luego, sé tú esa mujer para otra. No necesitas grandes gestos. A veces, lo más simple es lo más transformador:
- Recomienda su emprendimiento, comparte su historia o su mensaje con alguien que lo necesite, conéctala, acércala.
- Escribe unas palabras de aliento, de reconocimiento sincero.
- Invítala a un espacio donde pueda crecer, inspirarse, o simplemente sentirse bienvenida.
- Síguela en redes. Seguro conoces a esa mujer que está haciendo algo con corazón y propósito.
Porque la colaboración no siempre se grita, a veces se susurra con acciones pequeñas, pero valientes, y si cada una hacemos un gesto, si cada una sumamos, el cambio deja de ser un sueño y empieza a ser un hábito. Ahí está el verdadero liderazgo: en cuidar, en reconocer, en abrir camino juntas, siempre juntas.
Si empezamos por ahí, todo puede cambiar, y sí: evolucionar juntas también implica sumar a quienes creen en un liderazgo más justo, humano y colaborativo —sin importar el género—. Porque cuando evolucionamos juntas, no solo brillamos, iluminamos el camino para las que vienen.
Referencias


















